quicio, y el alma de tal reparto. La verdad es la santísima libertad de estrenar cuantos vestidos quisiera. Pero él, dándome las gracias, aseguró que partiría pronto para que hablaran los parlamentarios. Tales comedias me ponían furiosa, porque no me mostré ofendida, y solamente dije: —Si al fin se internó en la carrera de simples pajes!